lunes, 29 de septiembre de 2014

En honor al Maestro D. Jose Luis Alvite

Si alguna vez, amigo Al,  me incluyeras en alguna de tus crónicas, seguramente sería el boxeador que subía al cuadrilátero cada noche sólo por la costumbre de hacerlo y de que le partieran la cara en cada asalto sin desanimarse ni haber ganado un sólo combate en toda su vida.

Una noche, antes de un combate, el médico afirmó que había muerto pero tras consultar las normas, no halló motivo para  suspenderlo. Fue una velada sin sobresaltos donde en el cuarto asalto, un golpe cruzado hizo que se desprendiera de mi alma hasta la última esperanza de conservar la mayoría de mis recuerdos. Tal vez por eso vuelvo cada noche. Éste es uno de los pocos lugares a los que sé llegar no se muy bien desde donde.

Hace tiempo que, desde mi rincón del Savoy, veo como pasan por tu mesa cada uno de los personajes que lo poblamos y, tal vez Al, una noche me acerque en algún solitario hueco como los que dejan las balas al azar al pasar por la vida y te cuente mi historia o al menos, la que no he olvidado todavía, porque siempre hay recuerdos que perduran al igual que lo hace el olor a pescado en las manos.

De mi infancia recuerdo a mi madre. Mi madre me quería Al, y lo sé porque siempre intentaba animarme. ¿Sabes? Me decía "Los tipos como tú sois necesarios para que otros triunfen". Me ilusionaba saber que era parte del éxito de alguien. Fui importante Al. Gracias a mi, varios boxeadores sin vocación consiguieron llegar a lo más alto. Incluso a mi hijo le fue fácil superarme. Al acabar sus estudios, conoció una muchacha y se casó adoptando el apellido de su mujer. Creo que marchó a vivir a Detroit,  Denver o Vancouver, ahora no estoy seguro. En cualquier caso, amigo, siempre he estado orgulloso de mi hijo y de haber colaborado en no ponerle el listón demasiado alto, al fin y al cabo, no conocí a su madre o al menos, no lo recuerdo. Si recuerdo de mi juventud   pasajes y mis novias de entonces y como cada una de ellas me dejaron por cada uno de mis amigos. En ocasiones, aún me las encuentro en la calle y tengo al menos la satisfacción de saber que les va mejor de como les hubiera ido conmigo. Y es que, amigo Al, la vida a veces es como vivir en una estación donde tus sueños te abandonan todos los días a las siete y cinco.

Un día Al, te he contar, como cada noche llego para abrigarme con esas pesadas cortinas ahumadas de terciopelo rojo de nuestro Savoy y de las que he hecho un retal de mi vida a falta de una abrigo de lana, una bufanda y un sombrero."